La forma de los domingos. Por Gloria Orrego Hoyos


En la re-construcción del segundo acto de mi vida, o sea, mi vida fuera de mi matrimonio, me enfrenté a múltiples desafíos. Muchos relacionados con quien fuera mi marido, otros con quien fuera mi familia política, pero la mayoría respecto de quién era yo, mi cotidianidad, mis valores, mis costumbres.


En ese entonces mis pensamientos no estaban conmigo, estaban viajando unas veces al pasado, otras a un futuro que, imposible de imaginar, se construía sobre mis inseguridades y mis miedos. Sabía crear los peores escenarios, incluso en las cosas pequeñas del día a día. No sabía acercarme a mi situación con compasión, con amor, con sororidad. De algún modo violaba mi propio código moral de respeto porque medía mi vida y mis circunstancias a través de la que yo creía era la mirada del otro… de uno en particular.


Los conceptos e ideas crecían como enredaderas y trepaban hasta mi garganta muchas veces sin dejarme respirar. La ansiedad y la angustia disputaban su reinado y yo, en el medio de la batalla trataba de leer notitas en los cuadernos de lxs chicxs, armar luncheras, preparar almuerzos. La maternidad no es compatible con los cambios, se fortalece con las rutinas… y yo en la vorágine de mi vida sola, en caída en avalancha, estiraba las manos para agarrarme de algún lado, de una rama sobresaliente, de una alegría esquiva.


Había decidido seguir, armarme de nuevo. Por ello monté una estrategia con mi ansiedad y acordamos mantenernos juntas en silencio durante el día para sacar adelante las actividades cotidianas y entregarnos a la convivencia en las noches de insomnio y en los viajes en el auto luego de dejar a lxs chicxs en el colegio...


En esos momentos entonces me hablaba del robo de mi identidad como madre, como esposa, como familia. Me describía nuevos condicionamientos y cada tanto agregaba angustia y desesperación. Definitivamente se trataba de una relación tóxica, o como diríamos en Colombia, una hijueputada.


Miraba mi vida a través del espejo de mi de mi divorcio, aún con el asombro por el abandono. Me entristecía, me enojaba, pero sobretodo me sentía decepcionada.

Mi semana, como la de todo el mundo debía arrancar un lunes y terminar un domingo. Sin embargo, era todo un engaño: en realidad se componía de un domingo tras otro, en los que sólo sabía decir adiós. Adiós a mis hijxs que a las ocho de la noche se iban con el padre, adiós a mi cotidianidad de madre soltera y adiós a mi vida como mujer sola. Los domingos, ya sea porque vinieran o se fueran mis hijxs tenían forma de culpa, representaban el recordatorio del dolor, del fracaso, de la infelicidad, del miedo. Los domingos eran la víspera de mi vida en ausencia, de mi semana derrotada por no estar con ellxs o por no poder estar bien con ellxs.


La tarde del domingo siempre era fría, sin importar la estación. Siempre era gris, sin importar el clima. Los mates se sentían lavados, las tostadas húmedas, el queso rancio. Pero una vez, sin que pueda explicar muy bien cómo, un domingo tomó forma entre mis manos: me puse a amasar pan, a oler la masa, a calentar la cocina a través del horno. El domingo era mio, de mi vida en libertad, del amor por mi misma, por mi nuevo amor, por mi hija y mi hijo. Amasé pan, lo hornée y lo serví con manteca y azúcar. Tomamos té, mate, café. Reímos y peleamos por las porciones, aceptamos que era el día de decir adiós.


Hoy, a casi 100 domingos de esa tarde, vivo mi vida de lunes a domingo, respiro de lunes a domingo y, aunque a veces se hace fácil despedirme, a veces se siente imposible. No escapo al tormento de las 7:30 de la noche cuando el reloj me recuerda que llega el momento crítico. que quedan minutos para pasar de nuevo sin anestesia por la incisión sobre la imagen de mi familia, de mi idea patriarcal de felicidad, de mi proyecto de vida.


Pero (¡amo los peros!), con el paso del tiempo, con el aceptar, con el amarme el domingo ya no plantea quién soy, no me define respecto de mi relación de pareja, no delimita el camino a mi felicidad. Aceptar estar sin ellxs, sin vos. Decidir estar sola o con él.


Mi domingo de adiós se despide también de mi mente anticipando, de mi pasado esculpiendo mis posibilidades. Hoy trabajo para terminar con la deprimente leyenda del domingo, para generar un nuevo condicionamiento que atraviese mis logros, mi cotidianidad tranquila y esperanzada. Vivir mi semana como cualquier otra persona: odiando la vida porque viene el lunes... pero, sabiendo que también voy a tener el resto de días y, ¿quién no ama los viernes?..



#Resiliencia #Inmigración #identidad





Por Gloria Orrego Hoyos

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