Gloria Orrego Hoyo/Inmigración y resiliencia. Nunca sabes de qué eres capaz, hasta que te mudas.

Gloria Orrego Hoyo


Hace 18 años viajé, en medio de una tormenta, de Bogotá a Buenos Aires. Llevaba todo lo que había podido meter a empujones en dos valijas, con la promesa de que luego me sería enviada el resto de mi cotidianidad. Traía en mis brazos a mi hijita de un mes de vida, durmiendo. A mi lado el sujeto motivo de mi viaje, de mi inmigración.


Mientras el avión despegaba y yo veía por última vez las montañas, me largué a llorar. Desconsolada. Mi marido me tomó del brazo y empezó a pedirme perdón. Pero no era su responsabilidad… era yo, a mis 22 años, la que había decidido viajar. No era esclava, no me habían engañado. ¿O sí? ¿Acaso el patriarcado había tenido algo que ver en mi decisión de dejar una carrera prometedora y brillante en la facultad, un mundo de garantías personales por viajar, como decía Gabriel García Márquez, al “culo del mundo” en una de sus peores crisis para hacer mi vida al lado del que era ahora mi marido?


Yo no entendí su reacción, pero hoy puedo entenderla. Él intuía lo que estaba dejando por un hombre, yo no. Él intuía lo que significaba hacer tal sacrificio, yo no. Él lo sabía porque no tenía naturalizada la renuncia, la privación. Yo no lo sabía porque no había sido programada para entender, que mucho de lo que, en mi vida, en mi familia, hacíamos las mujeres eran sacrificios sin sentido por perseguir el ideal heteronormado de pareja, el ideal misógino de amor. Aun así, lo hice. Tomé una decisión no inocente, una decisión condicionada pero consciente. Una decisión que me haría dejar atrás una Gloria que no era y que había construído a partir de mis condiciones colombianas. Por eso yo lloraba y él pedía perdón.


Mi proceso de re-funcionalización fue largo y tortuoso. No es fácil dejarse atrás o construirse como otra… Buenos Aires era una ciudad hermosa, la gente era amable y generosa. Pero aun así las costumbres, sobre todo las alimenticias me partían al medio. Cenar a las 9 de la noche, luego de que en casa nunca nos sentábamos en la mesa después de las 7. Lo que comíamos y lo que no comíamos: la ausencia de huevos en el desayuno, la ausencia del olor a maíz de las arepas calentitas. El supermercado se me hacía frío con pocas góndolas con frutas y verduras. Extrañaba las guayabas y el olor del mango. Extrañaba el sabor de las granadillas.


Para sufrir menos, tomé otra decisión condicionada pero no inocente: adaptarme. Sobre-adaptarme. Porque pensaba que el costo de no integrarme era siempre más alto que el de hacerlo. La adaptación es más barata, a pesar del abandono de la propia identidad. La opción tenía sus ventajas: enamorarme de las facturas calentitas por la mañana, del dulce de leche y la crema pastelera sobre el hojaldre.  Olvidarme de las arepas con quesito, y pensar ahora en tostadas de pan de campo con queso y mermelada. Ver en el supermercado los salamines, los vinos y los jamones, sentir el chimichurri picante en el choripán, y la sal gruesa en el pedazo de asado de los domingos.

Significaba dar vuelta la cara a la tristeza y al dolor por la ausencia. Dejar de añorar y de recordar para pretender una vida con deseos y metas nuevas. No hice entonces un duelo; no como el que debí hacer. Empecé a anular mi identidad colombiana, manteniendo lo único que no podía modificar: el acento. Pero vistiendo como argentina, comiendo como argentina y sintiendo como argentina. Al final, Argentina me permitía re construirme. Pero mantenía una sensación de des-posesión y de pérdida. Aunque ahora me sentía parte, a la vez me seguía sintiendo distinta y escapaba a los códigos de la sociedad en la que estaba, tan diferentes a los propios. Poco a poco me di cuenta de que la identidad es una. Puede disfrazarse, pero, al final, siempre mantienes tu rasgo identificatorio.

Un viernes, años más tarde, así, sin más, terminó mi matrimonio y la que había sido mi razón para mudarme no estaba más. Me encontré entonces, sin darme cuenta, en una búsqueda silenciosa de mi propio ser, de mi propia colombianidad, de la Gloria extranjera, inmigrante. De la Gloria en Argentina.


Decidí quedarme. No iba a volver, ya no era esa… De golpe entonces me encontré en el medio de una obra de teatro en la que se cierra el telón, pero sabes que aún no es el momento de aplaudir...


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Gloria Orrego Hoyos

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